Carmen no respondió.
—Y otra cosa —continuó Lucía—. Usted no tiene que quererme como a una hija. Pero delante de mis hijos no volverá a humillarme. Ni a ellos. Si ocurre 1 vez más, nos iremos sin discusión y no volveremos hasta que exista respeto.
—¿Eso es una amenaza?
—No. Es información.
Carmen la miró durante varios segundos.
Quizá por primera vez entendió que la mujer sentada frente a ella ya no estaba pidiendo permiso para pertenecer a la familia.
Esa tarde pidió disculpas a Mateo y Alba.
No fue perfecta.
Dijo que había estado enfadada y había dicho una cosa fea. Mateo preguntó:
—¿Entonces sí había pan?
Carmen tragó saliva.
—Sí. Había de sobra.
—¿Y por qué dijiste que no?
No encontró una excusa aceptable.
—Porque me porté mal.
Mateo asintió con la seriedad de un juez pequeño.
Alba preguntó:
—¿La próxima vez podremos comer croquetas?