Un domingo de primavera, los 4 fueron a la playa de la Malvarrosa. Mateo construía una muralla de arena y Alba corría detrás de las gaviotas.
Álvaro y Lucía caminaban unos metros por detrás.
—Mi madre quiere invitarnos a comer el próximo sábado —dijo él.
Lucía lo miró.
—¿A los 4?
—A los 4.
—¿Y habrá pan?
Álvaro soltó una carcajada inesperada.
Lucía también.
No porque el recuerdo hubiera dejado de doler.
Sino porque ya no mandaba sobre ella.
A lo lejos, Alba gritó:
—¡Mamá, ven!
Lucía corrió hacia sus hijos.
Álvaro la siguió.
Durante años, todos habían discutido sobre si Lucía era suficientemente buena para aquella familia: suficientemente elegante, suficientemente delgada, suficientemente ambiciosa, suficientemente agradecida.
Nadie se había preguntado si aquella familia estaba siendo suficientemente buena para ella.
La respuesta llegó tarde.
Pero llegó.
Y no fue Álvaro quien se la dio.