Ni Carmen.
Ni un trabajo.
Ni una cuenta bancaria.
Lucía la encontró el día en que tomó a sus hijos de la mano, dejó una mesa llena de comida detrás y decidió que nunca más aceptaría migajas solo por miedo a quedarse sola.
Porque a veces una vida no cambia cuando alguien te abre una puerta.
Cambia cuando por fin dejas de llamar hogar al lugar donde siempre te obligan a entrar agachando la cabeza.