—¿De quién?
Lily comenzó a llorar.
—De que te hicieran daño.
Me acerqué.
—Cariño, mírame.
Ella levantó los ojos.
—¿Quién te dio esa fotografía?
Lily no respondió.
—Lily.
—Un hombre.
—¿Qué hombre?
—Dijo que conocía a papá.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Cómo se llamaba?
Mi hija apretó los labios.
—No quiso decirme su nombre.
—¿Cómo era?
—Alto. Pelo gris. Tenía una cicatriz aquí.
Se señaló la mejilla.
Mi corazón dio un vuelco.
Conocía esa descripción.
Había visto a ese hombre una vez.
En el funeral de mi marido.
Pensé que era un conocido de la familia.
Pero ahora recordaba algo.
Mi suegro lo había echado de la iglesia antes de que comenzara la ceremonia.
—¿Qué quería de ti?
Lily se quedó en silencio.
—Quería que encontrara algo.
—¿Qué cosa?
—Un documento.
—¿Dónde?
—En la casa de mi abuelo.
Clara dio un paso atrás.
—¿La casa que vendieron?
Lily asintió.
—Todavía existe.
Miré a mi hija.
—¿Has ido allí?
Ella bajó la cabeza.
—Sí.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas.
—¿Sola?
—Sí.
—¡Lily!
Ella rompió a llorar.
—Lo siento.
Me acerqué y la abracé.
Estaba furiosa.
Pero también entendí algo.
Mi hija no había estado intentando esconder una travesura.
Había estado intentando protegerme.
—¿Encontraste el documento?
Lily asintió.
—Sí.
—¿Dónde está?
Me miró directamente.
—Lo escondí.
—¿Dónde?
Lily señaló la cajita.
—Aquí.
Abrí el fondo.
Debajo de la fotografía había una pequeña llave.
Y una tarjeta.
Solo tenía cuatro palabras:
«No confíes en nadie.»
Debajo había una dirección.
Reconocí el lugar.
Era la casa de mi suegro.
Pero había algo más.
Un nombre escrito a mano.
Samuel Ortega.
El mismo hombre que había visto en el funeral.
El hombre de la cicatriz.
El hombre que, según Lily, conocía a su padre.
Me quedé mirando el nombre.
Entonces mi teléfono comenzó a vibrar.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Sí?
Una voz masculina respondió.
—Por fin tienes la llave.
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.
—¿Quién es usted?
—Alguien que le prometió a tu marido que protegería a Lily.
—¿Qué quiere?
Hubo un breve silencio.
—Quiero que dejes de investigar sola.
—¿Por qué?