Casi vomito en el avión cuando la mujer con obesidad que estaba sentada detrás de mí puso su pie descalzo, sucio y apestoso directamente sobre mi reposabrazos. Cuando le pedí que lo quitara, se echó a reír y dijo: «Mis pies necesitan aire. Si no te gusta, siéntate en otro sitio». Nunca había visto semejante descaro. Decidí darle una lección y, poco después, todo el avión se estaba riendo de ella. Pero cuando descubrí quién era realmente aquella mujer y adónde viajaba, deseé no haberlo hecho jamás…

Había comprado aquel calcetín para mi nieta de tres años. Tenía dos enormes y ridículas orejas de conejo que se movían cada vez que Linda daba un paso.

Susan apenas podía contener la risa.

Linda se arrancó el calcetín furiosamente.

—¡No tenías ningún derecho a tocarme!

—¿Y usted tenía derecho a poner su pie sucio sobre mi reposabrazos? —pregunté.

Varios pasajeros aplaudieron.

Pensé que todo el incidente había terminado.

Pero, de repente, Linda se agarró al respaldo de un asiento.

Su expresión cambió.

Ya no parecía enfadada.

Parecía aterrorizada.

—¿Dónde está mi bolso? —preguntó con voz temblorosa.

—Debajo de su asiento —respondió Susan.

Linda se agachó con dificultad, recogió su pequeño bolso negro y comenzó a buscar algo desesperadamente.

Le temblaban las manos.

—¿Dónde está…? Dios mío, ¿dónde está…?

Una azafata se acercó.

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