Pero sus propias voces complicaban aquellas explicaciones.
“No la sueltes todavía.”
“Ya aprenderá.”
Las frases estaban allí, conservadas por una cámara que ninguno de ellos había visto.
Cuando Álvaro comprendió que la tarjeta original había quedado bajo custodia y que existía además el vídeo de Nuria, dejó de pedir reconciliación.
Pasó a culparla.
Le envió un mensaje diciendo que, si seguía adelante, sería responsable de arruinarle la vida, perder el trabajo y separar a la familia.
Lucía lo leyó 1 vez.
Después lo guardó junto a los demás.
Durante mucho tiempo había cargado con las consecuencias de las decisiones de otros. Esa mañana entendió algo sencillo: contar lo ocurrido no había creado el problema. El problema había empezado cuando ellos decidieron que podían hacerle daño y luego exigirle silencio.
Se solicitaron medidas de protección y Lucía se instaló en el piso de Irene, en un barrio tranquilo de Sevilla. Era un apartamento pequeño, con 2 dormitorios y un balcón estrecho. No había habitación preparada para el bebé, pero Lucía podía cerrar una puerta sin miedo.