Era simplemente Lucía.
El procedimiento legal continuó y no hubo una solución instantánea. Hubo declaraciones, informes, esperas y días en que todo parecía avanzar demasiado despacio. Lucía aprendió que denunciar no borraba lo vivido y tampoco garantizaba una sensación inmediata de justicia.
Pero cada semana lejos de aquella casa le devolvía algo.
Volvió a gestionar su propia cuenta bancaria.
Retomó contacto con antiguas compañeras de trabajo.
Preparó con Irene una pequeña cuna junto a la ventana.
Compró ropa para el bebé sin enviar fotos a nadie para pedir aprobación.
El día en que montaron el cambiador, Irene encontró en una caja una nota que Lucía había escrito meses atrás y nunca se había atrevido a enviar. Solo decía: “Necesito unos días contigo. Aquí no estoy bien”.
Lucía la leyó 2 veces y luego la rompió.