Ya no necesitaba pedir aquellos días.
Se había dado algo más grande: permiso para no regresar.
Mateo confesó después que había dudado antes de involucrarse porque no había visto el interior del patio. Al final decidió que una voz pidiendo ayuda merecía que alguien no mirara hacia otro lado. Para Lucía, esa diferencia quedó grabada: unos habían visto y callado; otros habían descubierto algo y eligieron ayudar.
Cuando nació la hija de Lucía, semanas después, Irene fue la primera persona de la familia en tenerla en brazos. La niña llegó sana y con un llanto tan fuerte que Lucía se echó a reír antes de empezar a llorar.
La llamó Alba.
No porque quisiera borrar la noche anterior.
Sino porque le gustaba la idea de que un amanecer no niega la oscuridad: simplemente demuestra que no dura para siempre.