Carmen dejó el cuchillo con el que cortaba tomates y la miró desde la cocina.
—¿Vas a ir a contarle a tu hermana lo que pasa aquí?
Lucía sintió un escalofrío.
—Voy a descansar. Nada más.
Álvaro, que estaba junto a la puerta del patio, giró la llave.
—Últimamente haces lo que te da la gana.
Aquella frase no era nueva. Durante meses había revisado su teléfono, discutido por el dinero de las consultas y convertido cualquier visita a Irene en una acusación de deslealtad. Después pedía perdón, compraba flores y prometía que su madre dejaría de entrometerse.
Ese viernes no pidió perdón.
Carmen arrastró hasta el centro del patio una mesa baja de madera donde solían limpiar verduras. Luego apareció con una vara flexible que utilizaba para sujetar plantas.
Lucía miró a Álvaro esperando que frenara la escena.