—Y la paz de ti la pagué yo. No me sirve que ahora me digas que tu madre es así.
No le dije que lo perdonaba. Le dije lo que necesitaba que hiciera: cambiar otra vez el bombín, porque no sabíamos cuántas copias había hecho Elvira, y no volver a dar las llaves a nadie sin hablarlo antes. Las visitas se acordarían entre los dos. Su madre tendría que oírlo de su boca.
—Le di la llave sin preguntarte —dijo—. Yo se lo diré: no recibe otra.
Esa misma tarde cambiaron el bombín. Adrián se ocupó del cerrajero y me entregó una llave del nuevo juego. Las de repuesto las guardé yo en un cajón. La ropa volvió al armario y las bolsas vacías desaparecieron del recibidor.
Cuando Sofía despertó, él se acercó a la cuna, la cambió y me la trajo. Me quedé con ella en brazos junto a la lamparita que él había movido para mí. Quedaban muchas cosas por hablar, pero esa noche no tenía fuerzas para todas.