Ella levantó la cara. Tenía los ojos hinchados, la nariz roja, los labios morados por el frío.
—Mamá… yo no lo agarré.
Sentí que algo dentro de mí se partía sin hacer ruido.
Corrí hacia ella, la envolví con mi abrigo y la levanté en brazos. Su cabeza estaba helada. Su cuerpo no temblaba como cuando un niño tiene frío. Temblaba como cuando ya entendió que los adultos pueden ser monstruos.
Mi suegra, Graciela, salió de la cocina secándose las manos con una servilleta, como si acabara de lavar platos y no de destruir a una niña.
—Se perdió mi pulsera de oro —dijo—. La que me dejó mi madre. Y la única que entró a mi cuarto fue esa niña.
La miré sin poder creerlo.
—¿Sofía? ¿Una niña de tres años?
Desde el sillón, mi cuñada Karla soltó una risa seca.