Cuando volví de un viaje de negocios, esperaba que mi hija de tres años corriera a mis brazos. En cambio, la encontré temblando, con la cabeza rapada, después de que mi suegra la acusara de robar una pulsera de oro. Ella solo dijo: “Tal vez así aprenda la lección.” Esa noche revisé la cámara oculta de la sala… y descubrí quién había estado robando en realidad.

Graciela traía lentes oscuros, como si quisiera esconder que había llorado. Roberto estaba rígido, con los brazos cruzados. Karla tenía la cara hinchada. Mauricio parecía no haber dormido.

Por un segundo pensé en el hombre con quien me casé. El que me prometió que nunca permitiría que nadie me humillara.

Luego recordé su mensaje.

Pídele perdón. Somos familia.

Elena encendió una grabadora.

—Todo lo que se diga aquí quedará documentado.

Abrió una carpeta.

—Karla, ¿admites que tomaste la pulsera de tu madre?

Karla bajó la mirada.

—Sí.

—¿La vendiste para pagar deudas personales?

—Sí.

—¿Culpaste a Sofía sabiendo que era inocente?

Karla empezó a llorar.

—Sí.

Graciela se llevó una mano a la boca.

Elena no se detuvo.

—¿Ayudaste a sujetar a la niña mientras tu madre le rapaba la cabeza?

Karla se quebró.

—Sí.

El silencio cayó como una losa.

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