Cuando volví de un viaje de negocios, esperaba que mi hija de tres años corriera a mis brazos. En cambio, la encontré temblando, con la cabeza rapada, después de que mi suegra la acusara de robar una pulsera de oro. Ella solo dijo: “Tal vez así aprenda la lección.” Esa noche revisé la cámara oculta de la sala… y descubrí quién había estado robando en realidad.

Elena miró a Graciela.

—¿Admite usted que rapó a su nieta sin comprobar nada?

Graciela tardó en responder.

—Yo creí que…

—No le pregunté qué creyó —la interrumpió Elena—. Le pregunté qué hizo.

Graciela agachó la cabeza.

—Le corté el pelo.

—No —dije por primera vez—. No se lo cortó. Se lo quitó para humillarla.

Nadie habló.

Después Elena miró a Roberto.

—¿Admite haber golpeado a Valeria mientras ella cargaba a su hija?

Roberto apretó la mandíbula.

—Fue una cachetada. Ella estaba gritando.

Elena sacó otro documento.

—Una agresión física frente a una menor sigue siendo una agresión. Y hay reporte médico.

Roberto dejó de mirarla.

Entonces Mauricio habló.

—Ya aceptaron lo que hicieron. Podemos resolverlo en privado.

Me volví hacia él.

—¿Resolver qué, Mauricio? ¿Las pesadillas de Sofía? ¿El miedo que siente cuando escucha una rasuradora? ¿El golpe que tu papá me dio? ¿O tu mensaje pidiéndome que me disculpara?

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