Cuando volví de un viaje de negocios, esperaba que mi hija de tres años corriera a mis brazos. En cambio, la encontré temblando, con la cabeza rapada, después de que mi suegra la acusara de robar una pulsera de oro. Ella solo dijo: “Tal vez así aprenda la lección.” Esa noche revisé la cámara oculta de la sala… y descubrí quién había estado robando en realidad.

Él tragó saliva.

—Yo no sabía todo.

Elena puso otra carpeta sobre la mesa.

—Pero sí sabía otras cosas.

Sacó estados de cuenta resaltados.

Durante años, Mauricio me había dicho que gran parte de su sueldo se iba a la hipoteca, a gastos familiares y a inversiones para nuestro futuro.

Era mentira.

Mes tras mes, había transferencias a nombre de Karla.

Cincuenta mil pesos.

Ochenta mil.

Ciento veinte mil.

Pagos de tarjetas.

Préstamos.

Viajes.

Compras en tiendas de lujo.

Todo salía de cuentas donde también estaba mi dinero.

Miré a Mauricio.

—Sabías que tu hermana tenía deudas.

Él no respondió.

—Sabías que había robado antes.

Cerró los ojos.

—Sí.

Graciela se giró hacia él, pálida.

—¿Le estabas dando dinero a tu hermana?

Karla lloró más fuerte.

—Él me dijo que nadie se enteraría.

Roberto golpeó la mesa.

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