El divorcio avanzó rápido porque las pruebas hablaban solas.
Con el dinero recuperado y la venta del departamento, Sofía y yo rentamos un pequeño lugar en Coyoacán. Tenía dos recámaras, ventanas grandes y un balcón que daba a un parque tranquilo.
La primera noche, Sofía recorrió cada cuarto despacio.
Luego se sentó en su cama nueva y preguntó:
—¿La abuela no puede venir aquí?
Me arrodillé frente a ella.
—No, mi amor.
—¿Y el abuelo?
Le acaricié el cabello nuevo, apenas creciendo suave sobre su cabecita.
—Tampoco. Nadie entra aquí si tú no te sientes segura.
Ella sonrió.
Fue la primera sonrisa real que le vi desde aquel día.
Su recuperación no fue inmediata. Durante meses se asustaba cuando escuchaba máquinas de cortar cabello en la calle. Algunas noches despertaba llorando:
—Yo no robé.
Yo no le decía que lo olvidara.