Le repetía la verdad.
Que no había hecho nada malo.
Que su cuerpo era suyo.
Que ningún adulto tenía derecho a lastimarla para cubrir sus mentiras.
Poco a poco volvió a correr. Volvió a cantar. Volvió a pedir que le comprara moños de colores, aunque todavía no tuviera suficiente cabello para usarlos.
Casi un año después, cuando el divorcio quedó finalizado, Mauricio me detuvo afuera del juzgado.
—No espero que me perdones —dijo—. Pero lamento no haber sido el padre que Sofía necesitaba.
Lo miré con cansancio, no con rabia.
—No puedes cambiar lo que hiciste. Pero puedes decidir qué clase de padre serás de ahora en adelante.
Él asintió sin excusas.
Esa tarde llevé a Sofía al parque. Corrió detrás de unas burbujas de jabón, riéndose con esa risa que yo creí perdida para siempre.