De pronto se detuvo y me miró.
—Mami, cuando mi pelo crezca más… ¿me haces trenzas?
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Claro que sí.
Ella pensó unos segundos.
—Pero yo voy a decidir si alguien me lo corta, ¿verdad?
La abracé fuerte.
—Siempre.
Y ahí entendí que la justicia no era ver a esa familia firmar papeles. No era escuchar disculpas tardías. No era ganar un divorcio ni recuperar dinero.
La verdadera justicia era escuchar a mi hija volver a creer que su voz importaba.
Porque desde ese día, Sofía nunca más tendría que disculparse por ser la niña inocente en una habitación llena de adultos culpables.