—No te hagas la sorprendida. Los niños pobres aprenden rápido a esconder cosas.
Mi sangre se congeló.
Yo había aguantado muchas humillaciones desde que me casé con Mauricio. Que si mi familia era de barrio. Que si yo no sabía comportarme en una mesa “decente”. Que si mi trabajo como coordinadora de ventas no era suficiente para estar a la altura de ellos.
Pero tocar a mi hija era otra cosa.
—Nunca vuelvas a llamarla ladrona —dije, con Sofía aferrada a mi cuello—. Y nunca vuelvas a ponerle una máquina en la cabeza.
Mi suegro, Roberto, se levantó de la mesa. Era de esos hombres acostumbrados a que todos bajaran la mirada cuando él hablaba.
—No vengas a gritar a mi casa.
—Esto no es disciplina —respondí—. Esto es maltrato.
No terminé la frase.
La bofetada me giró la cara.
Sofía gritó.
No porque me doliera a mí. Sino porque acababa de ver a su abuelo golpear a su mamá.