Después de años sin preocuparse por mí, mi madre me hizo la tercera llamada de toda mi vida: “Confiesa que atropellaste a ese hombre y salva a tu hermano”. En las otras dos me había exigido mi sueldo y el departamento que pagué con tres años de trabajo. Esta vez colgué sin discutir. Pensé que todo había terminado, hasta que la policía recuperó un video que escondía algo mucho peor.

—Todavía no. Esta mañana regresó para modificar su declaración. Admitió que Daniel conducía y que usted no estaba presente. Sin embargo, insiste en que todo fue un accidente.

—Porque cree que confesando ahora van a perdonarlo.

El investigador guardó silencio.

—También estamos investigando quién fabricó la licencia y quién colocó sus pertenencias en el vehículo. Usted debe conservar cualquier comunicación de su familia.

Salí sintiendo que el aire me faltaba.

Afuera recibí un mensaje.

Era mi madre.

Hija, ven a casa. Podemos arreglarlo todo.

Lo leí dos veces.

Después guardé el teléfono.

No contesté.

Aquella tarde llamé a Mauricio.

—La investigación cambió —le dije—. Necesito que sepa que las autoridades encontraron nuevas imágenes.

—Ya hablaron conmigo —respondió.

Su voz parecía agotada.

—Mi papá sigue inconsciente, Valeria. Mi mamá lleva dos noches sentada junto a su cama.

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