Su voz se quebró finalmente.
—Mi mamá todavía tenía preparada la ropa que iba a ponerse cuando él saliera del hospital.
Me senté en el suelo y lloré.
No porque yo hubiera causado aquella tragedia, sino porque una familia había perdido a alguien que jamás volvería.
Mauricio me contó que mi madre había acudido al hospital ofreciendo vender su casa a cambio de que cambiaran su declaración.
Quería que afirmaran que Daniel nunca había golpeado intencionalmente a don Ernesto.
—Le expliqué que esto no se arregla retirando una denuncia —dijo Mauricio—. Pero siguió hablando de dinero.
Me cubrí el rostro.
Mi madre estaba dispuesta a vender la casa donde había vivido treinta años para proteger a Daniel.
Sin embargo, cuando yo necesitaba ayuda para terminar mis estudios, me había dicho que las mujeres no necesitaban gastar tanto en educación.