Mi amiga Sofía, a quien había recuperado después de mucho tiempo sin vernos, me regaló otra pequeña suculenta para acompañarla.
—Ahora sí parece un hogar —comentó mientras las acomodábamos.
Sonreí.
Durante la mudanza encontré una caja con documentos antiguos.
Había recibos de depósitos que envié a mi madre, comprobantes de préstamos y una copia del contrato del departamento que nunca pude comprar.
También encontré mi primer recibo de sueldo.
Recordé lo orgullosa que estaba aquel día.
Había trabajado horas extras para poder comprarme unos zapatos nuevos.
Pero mamá me llamó y terminé enviándole casi todo.
Guardé aquel recibo.
No para alimentar el rencor, sino para recordar cuánto había avanzado desde entonces.
El resto de los papeles ya no eran necesarios.
Los rompí.
Hoy es sábado.
Estoy preparando costillitas de cerdo en salsa agridulce. La cocina huele a ajo, cebolla y especias.