Nada de aquello era motivo de celebración.
Una semana después, Mauricio me escribió:
Gracias por no guardar silencio. Mi papá merecía que se supiera la verdad.
Miré el mensaje durante largo rato.
Finalmente respondí:
Ojalá nunca hubieran tenido que pasar por esto.
Me mudé a un departamento pequeño, al otro lado de Querétaro.
Tenía una recámara, una cocina iluminada y un balcón donde entraba el sol por las mañanas.
No era el hogar que había soñado comprar años atrás.
Pero era mío en un sentido que ningún documento podía explicar.
Nadie tenía derecho a entrar para exigirme dinero.
Nadie podía reclamarme las cosas que había conseguido trabajando.
Nadie esperaba que renunciara a mi tranquilidad para solucionar una irresponsabilidad ajena.
Llevé conmigo una planta que había cuidado durante dos años.