Después de caer por la escalera, recuperé la vista tras 7 años y vi por primera vez al niño que llamaba hijo: no se parecía a mí, sino a mi cuñada, mientras mi marido corría a protegerlo. Oí a Álvaro decir: «Mañana habrá terminado todo». No lloré: guardé 2 cabellos y pedí una prueba de ADN. Esa noche apareció un correo: «Sofía, seguimos buscándote». –

Cuando deseaba consultar otro especialista por su visión, él aseguraba que los mejores médicos ya habían hablado.

—¿También impediste que revisaran mis ojos? —preguntó Sofía.

Álvaro negó rápidamente.

—No.

—Durante años me dijiste que no existía ninguna posibilidad.

—Eso me dijeron.

—Uno de los informes que ha encontrado mi padre recomendaba nuevas evaluaciones neurológicas.

Álvaro guardó silencio.

—Nunca me llevaste.

—No quería darte falsas esperanzas.

Sofía lo miró.

Ya entendía la razón.

Una Sofía dependiente era más sencilla.

Una Sofía que no podía leer contratos era más útil.

Una Sofía convencida de que estaba sola era más fácil de controlar.

—¿Me quisiste alguna vez? —preguntó.

Álvaro pareció herido.

—Claro que sí.

—Entonces explícame por qué necesitabas que creyera que no tenía a nadie más.

Él golpeó la mesa.

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