Después de caer por la escalera, recuperé la vista tras 7 años y vi por primera vez al niño que llamaba hijo: no se parecía a mí, sino a mi cuñada, mientras mi marido corría a protegerlo. Oí a Álvaro decir: «Mañana habrá terminado todo». No lloré: guardé 2 cabellos y pedí una prueba de ADN. Esa noche apareció un correo: «Sofía, seguimos buscándote». –

—¡Porque tu padre siempre me trató como si yo no fuera suficiente!

Ernesto dio un paso adelante.

—Eso no te daba derecho a aislarla.

—¡Yo estuve con ella cuando perdió la vista!

—Y utilizaste precisamente eso.

—¡La cuidé!

Sofía negó lentamente.

—No. Me administraste.

Aquella frase dejó el salón en silencio.

Entonces alguien apareció junto a la puerta.

Nicolás.

Llevaba el uniforme del colegio y una pequeña mochila.

Una empleada acababa de recogerlo porque Álvaro había pedido que volviera temprano.

Nadie sabía cuánto había escuchado.

—¿Sofía no es mi mamá?

Martina se llevó una mano a la boca.

Álvaro se levantó.

—Nico, sube a tu habitación.

—No.

Era la primera vez que Sofía escuchaba al niño enfrentarse a su padre.

Nicolás miró a Martina.

—¿Tú eres mi madre?

Martina se arrodilló.

—Sí.

—Pero eres mi tía.

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