Después de caer por la escalera, recuperé la vista tras 7 años y vi por primera vez al niño que llamaba hijo: no se parecía a mí, sino a mi cuñada, mientras mi marido corría a protegerlo. Oí a Álvaro decir: «Mañana habrá terminado todo». No lloré: guardé 2 cabellos y pedí una prueba de ADN. Esa noche apareció un correo: «Sofía, seguimos buscándote». –

El pequeño retrocedió asustado.

Y entonces Sofía comprendió por qué llevaba años apartándola.

Nicolás no había nacido rechazándola.

Alguien le había enseñado a hacerlo.

No hubo ninguna firma aquel día.

Tampoco ocurrió una escena perfecta en la que todo quedara solucionado en 10 minutos.

La realidad fue mucho más lenta.

Se revisaron poderes notariales, movimientos bancarios, transmisiones de patrimonio y operaciones de las empresas de Álvaro.

Varias quedaron paralizadas mientras se aclaraba el origen del capital.

Algunos socios se marcharon.

Otros exigieron auditorías.

Martina tuvo que explicar su participación en determinadas gestiones y en los documentos relacionados con Nicolás.

La situación del niño pasó a manos de especialistas y de quienes debían decidir legalmente qué entorno era el más adecuado para él.

Sofía pidió una sola cosa:

Que nadie castigara a Nicolás por los errores de los adultos.

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