Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

Se escuchó el roce de su mano contra mi ropa.

Apagué la grabadora.

No pude seguir.

Fui directamente al baño y cerré la puerta.

Frente al espejo bajé lentamente el cuello de mi blusa.

Debajo de la clavícula había una marca violácea que llevaba varios días atribuyendo a algún golpe que no recordaba.

Entonces comprendí algo todavía peor.

Santiago sabía exactamente lo que estaba pasando.

Quizá él mismo lo había organizado.

Pero había una frase que seguía golpeándome la cabeza.

“Fernanda ya está aquí”.

¿Quién era Fernanda?

Cuando salí del baño, Santiago estaba sentado frente al televisor como cualquier otra noche.

—¿Otra vez te quedaste dormida? —preguntó sonriendo.

Asentí.

Se acercó y me masajeó los hombros.

—Te lo dije, amor. Necesitas moverte más.

Yo también sonreí.

—Tienes razón.

Aquella noche dormí mirando hacia la pared, fingiendo tranquilidad mientras él respiraba a menos de un metro de mí.

A las tres de la madrugada abrí las notas de mi celular y escribí:

“Grabación. Botella de agua. Marca en el cuerpo. Cuatro episodios. Fernanda. Santiago sabe todo.”

Luego añadí:

“No voy a enfrentarlo todavía.”

Porque si Santiago creía que yo seguía siendo la misma esposa confiada, continuaría cometiendo errores.

Y yo necesitaba saber hasta dónde llegaba aquella pesadilla.

Lo que descubrí a la mañana siguiente fue tan monstruoso que la grabación terminó pareciéndome apenas el comienzo.

PARTE 2

Esperé hasta que Santiago salió rumbo a la oficina.

Luego entré a su despacho.

Durante dos años respeté aquel cuarto como si fuera territorio sagrado porque él siempre decía:

—Aquí tengo documentos delicados de la empresa.

Su familia era dueña de una compañía de importación y logística, y después de casarnos Santiago me había incorporado como accionista minoritaria mediante un acuerdo familiar.

También habíamos firmado capitulaciones y varios convenios privados.

Hasta aquella mañana jamás imaginé que esos papeles pudieran tener relación con lo que me estaba ocurriendo.

En un libro grueso encontré un recibo de farmacia.

Medicamento: zolpidem.

La receta estaba a nombre de Mateo.

La fecha coincidía con la semana en que comenzó a recogerme.

Sentí náuseas.

Seguí buscando.

Dentro de un sobre encontré estados de cuenta.

10 de marzo: transferencia de 180,000 pesos a Mateo.

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