Concepto: “servicios”.
14 de febrero: 60,000 pesos a Fernanda R.
15 de marzo: “estudios médicos”.
28 de marzo: “renta departamento”.
5 de abril: “gastos embarazo”.
Me quedé congelada frente a esa última palabra.
Embarazo.
En otro folder encontré fotografías impresas.
Santiago saliendo de una clínica privada junto a una mujer joven, embarazada, sosteniéndola de la cintura.
En la parte posterior alguien había escrito:
“Fernanda. Consulta. 12 de marzo.”
Ya no tenía una amante solamente.
Estaba esperando un hijo con ella.
Pero todavía faltaba entender por qué necesitaba drogarme.
La respuesta apareció en el último sobre.
Había correos impresos de un abogado.
Uno decía:
“Necesitamos evidencia suficientemente comprometedora para presionar la negociación. No depende únicamente de una acusación de infidelidad; el objetivo es que ella acepte retirarse del convenio accionario y firme la separación en condiciones favorables.”
Otro añadía:
“Las imágenes deben parecer espontáneas.”
Sentí que me faltaba aire.
Santiago no confiaba simplemente en presentarse ante un juez diciendo que yo lo había engañado.
Su plan era más sucio.
Quería fabricar fotografías y videos de mí con Mateo en un hotel mientras yo estuviera inconsciente.
Después me mostrarían las imágenes, amenazarían con exponerlas ante mi familia, socios y compañeros, y tratarían de convencerme de que nadie creería mi versión.
Querían avergonzarme hasta obligarme a firmar.
Y mientras yo desaparecía del camino, Santiago podría quedarse con Fernanda, proteger su posición dentro de la empresa y evitar una batalla por dinero y acciones.
Fotografié cada documento.
Guardé copias en una cuenta que Santiago desconocía.
Después fui a una clínica y pedí análisis explicando mis episodios de pérdida de memoria. El médico anotó todo en mi expediente y solicitó pruebas.
También contacté a Mauricio Salas, un investigador privado recomendado por una compañera de confianza.
Dos días después me envió las primeras fotografías.
Santiago entrando a un departamento en Valle Oriente.
Fernanda abriéndole la puerta.
Él besándola.
Su embarazo era evidente.
Esa misma noche, durante la cena, Santiago me sonrió con absoluta tranquilidad.
—Mañana voy a volver a salir tarde.
—¿Otra reunión?
—Sí. Mateo puede pasar por ti.
Bajé la mirada para ocultar lo que sentía.
—Perfecto.
Él incluso me tomó la mano.