Rodrigo se cubrió la cara con las manos.
—Les debo mucho dinero, tío.
—¿Cuánto?
—Casi diez millones.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Pensabas pagarlos con mi muerte?
—Sí.
La palabra fue tan baja que casi se perdió entre los árboles.
Rodrigo continuó:
—Cuando te diagnosticaron, pensé que todo iba a resolverse rápido. Creí que heredaría algo importante, vendería, pagaría y seguiría con mi vida. Luego llegaron Laura y Mateo, cambiaste cosas y me entró pánico.
—¿Entonces buscaste a esa gente?
—Ellos ya sabían del terreno. Me prestaron dinero usando como argumento lo que yo esperaba recibir. Cuando vieron que no ibas a vender, comenzaron a exigirme que te convenciera.
—El poder.
—Sí.
—¿Y acusar a Laura de interesada?
Rodrigo la miró.
—También. Lo siento.
Laura mantuvo la voz firme.
—Termina de decir la verdad.
—Cuando el poder falló, intentaron comprarte directamente. Ahora quieren fabricar un conflicto. Yo no quiero seguir, pero pueden quedarse con mi negocio.