Después de encontrar a una madre y a su hijo solos en la carretera, el millonario les ofreció techo pese a que su propia familia esperaba heredar millones. “Mañana desapareceremos de su vida”, prometió la mujer. Pero al amanecer él abrió la habitación y vio una escena que lo dejó helado; minutos después sacó del cajón un testamento de años atrás, porque acababa de comprender quién llevaba tiempo engañándolo…

—Supongo que ahora debes estar satisfecha.

Ella lo miró sin entender.

—¿Satisfecha de qué?

—De haber demostrado que yo era el malo.

Laura dio un paso hacia él.

—No tuve que demostrar nada. Tú mismo lo dijiste todo. Yo llegué aquí con dos bolsas, un niño dormido y menos de cinco mil pesos en la cuenta. Me fui cuando conseguí trabajo. Le devolví a Alejandro cada peso que me prestó. Volví porque estaba enfermo y porque nos pidió estar aquí. Tú, en cambio, llevabas meses calculando cuánto valdría su muerte.

Rodrigo palideció.

—No sabes lo que es perder un negocio.

—Y tú no sabes lo que es perder una casa, un matrimonio y un empleo al mismo tiempo y aun así negarte a quitarle algo a otro.

Alejandro levantó una mano.

—Ya basta.

No lo dijo para defender a Rodrigo. Lo dijo porque no quería que aquella casa terminara convertida en un lugar de humillaciones.

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