Alejandro había pasado décadas acumulando bodegas, locales, terrenos y cuentas. Durante años creyó que su mayor tragedia era no haber tenido hijos y que moriría dejando una casa enorme y perfectamente vacía.
Rodrigo creyó que la familia era aquello que uno heredaba.
Laura había aprendido a desconfiar de cualquiera que prometiera quedarse.
Y Mateo, con cinco años, entendió antes que todos que la familia también podía empezar en una carretera, entre dos desconocidos que tenían razones para desconfiar y aun así decidían no darse la espalda.
El manzano todavía era pequeño.
Tal vez Alejandro nunca probaría uno de sus frutos.
Tal vez sí.
Por primera vez, eso no era lo único importante.
Lo importante era que lo había plantado.
Y que el día en que le dijeron que iba a morir terminó siendo también el día en que su casa volvió a llenarse de vida.