—Como familia.
Silencio.
—Es una persona muy importante para nosotros —respondió Laura.
—Eso no fue lo que pregunté.
Alejandro contuvo una sonrisa.
—Duérmete, Mateo.
—¿Lo quieres?
El silencio fue más largo.
Mateo habló primero:
—Cuando no contestas significa que sí.
Laura soltó una risa apagada.
—Duérmete, detective.
Alejandro bajó a la cocina.
Afuera, el cielo comenzaba a aclararse y el pequeño manzano se movía con el viento.
Los médicos le habían dado unos meses.
Habían pasado nueve.
Seguía enfermo. Seguía teniendo miedo. Pero también seguía vivo.
A las siete, Mateo apareció despeinado.
—¿Vamos a ver el manzano?
—Vamos.
Salieron juntos.
—¿Creció?
—Un poco.
—Yo lo voy a cuidar si tú te enfermas.
Alejandro tragó saliva.
—Trato hecho.
Laura salió minutos después con una taza de café. Se colocó junto a ellos, hombro con hombro con Alejandro.
Nadie dijo nada.