Sentí frío.
—¿Alguien como yo?
—Sin apellido conocido. Sin contactos. Sin patrocinadores. Tú llegaste de una universidad pública, bailaste mejor y dejaste en segundo lugar a la gente que él consideraba superior.
El silencio se volvió insoportable.
—Así que no se trataba de defenderte.
—No —respondió Renata—. Se trataba del orgullo de Mauricio.
Antes de que pudiera responder, agregó:
—Y Daniela… hay algo peor.
—¿Qué?
—Las noventa y nueve venganzas no fueron una ocurrencia entre amigos.
Me quedé inmóvil.
—Mauricio lleva años registrándolas.
—¿Registrándolas cómo?
—Tiene una carpeta. Fechas. Fotografías. Capturas de pantalla. Videos.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Para qué?
Renata tardó demasiado en contestar.
—Porque mañana pensaban enseñártelo todo.
—¿Todo?
—La número noventa y nueve era mostrarte el archivo completo delante de todos… y decirte que los últimos tres años de tu vida habían sido un experimento para ver cuánto estabas dispuesta a soportar por amor.