Doné sangre para salvar al hombre con quien llevaba 3 años, pero al salir escuché detrás de la puerta del hospital: “Después de la número 99 la dejamos y todo termina”. Me quedé inmóvil al descubrir que mi relación entera había sido una venganza por algo ocurrido años atrás. No entré a reclamar; hice una llamada y me fui, sin imaginar que alguien del mismo grupo estaba a punto de entregarme todas las pruebas.

Sentí frío.

—¿Alguien como yo?

—Sin apellido conocido. Sin contactos. Sin patrocinadores. Tú llegaste de una universidad pública, bailaste mejor y dejaste en segundo lugar a la gente que él consideraba superior.

El silencio se volvió insoportable.

—Así que no se trataba de defenderte.

—No —respondió Renata—. Se trataba del orgullo de Mauricio.

Antes de que pudiera responder, agregó:

—Y Daniela… hay algo peor.

—¿Qué?

—Las noventa y nueve venganzas no fueron una ocurrencia entre amigos.

Me quedé inmóvil.

—Mauricio lleva años registrándolas.

—¿Registrándolas cómo?

—Tiene una carpeta. Fechas. Fotografías. Capturas de pantalla. Videos.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—¿Para qué?

Renata tardó demasiado en contestar.

—Porque mañana pensaban enseñártelo todo.

—¿Todo?

—La número noventa y nueve era mostrarte el archivo completo delante de todos… y decirte que los últimos tres años de tu vida habían sido un experimento para ver cuánto estabas dispuesta a soportar por amor.

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