Esa noche nos hospedamos cerca del aeropuerto porque yo no quería regresar sola al departamento.
A las diez y media recibí una llamada de un número desconocido.
—Daniela.
Era Renata.
Estuve a punto de colgar.
—Yo sabía que Mauricio estaba resentido —dijo rápidamente—. Sabía algunas cosas. Pero no sabía lo de la sangre.
—Qué tranquilidad. Entonces solo estabas de acuerdo con las humillaciones pequeñas.
Renata guardó silencio.
—Tienes derecho a odiarme.
—No eres suficientemente importante para que gaste energía odiándote.
Pareció dolerle.
Después dijo algo inesperado.
—Mauricio nunca hizo esto realmente por mí.
Me incorporé en la cama.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando perdí aquella competencia, yo lloré una noche y después seguí con mi vida. Él no.
—¿Entonces por qué?
Renata respiró profundamente.
—Porque tú ganaste.
—Eso ya lo sé.
—No entiendes. Mauricio estaba convencido de que alguien como tú jamás debía ganarme.