Debajo había una respuesta de Mauricio.
Va a funcionar. Daniela haría cualquier cosa si cree que me estoy muriendo.
Apagué el teléfono.
Corrí al baño y vomité.
Mi mamá me encontró sentada en el piso.
No me hizo preguntas.
Se sentó a mi lado y sostuvo mi cabello como cuando era niña.
—Tres años —murmuré.
—Lo sé.
—¿Cómo no me di cuenta?
Mi madre tardó en responder.
—Porque estabas buscando razones para creer que te amaba, no razones para demostrar que te odiaba.
Esa frase permaneció conmigo mucho tiempo.
A la mañana siguiente, antes de viajar a Mérida, guardé todas las capturas en una carpeta.
No para vengarme.
Para recordar la verdad si algún día mi propia nostalgia intentaba reescribirla.
Mauricio llamó desde tres números diferentes.
No respondí.
Mandó correos.
Primero arrogantes.
“Deja de comportarte como una niña.”