Después molestos.
“Renata está manipulándote.”
Luego desesperados.
“Tenemos que hablar antes de que hagas algo que nos perjudique.”
“Nos”.
Nunca “te lastimé”.
Nunca “lo siento”.
Su mayor miedo no era haberme destruido.
Era perder el control de la historia.
Nos mudamos a Mérida una semana después.
Mis padres habían rentado una casa sencilla cerca de Francisco de Montejo. Mi papá trabajaría con una empresa local y mi mamá había decidido jubilarse anticipadamente.
Los primeros meses fueron extraños.
La vida no se arregló mágicamente porque cambié de ciudad.
Algunas mañanas despertaba pensando en Mauricio.
Recordaba una cena bonita.
Una conversación.
Una tarde en la que parecía genuinamente cariñoso.
Entonces mi mente empezaba a hacer lo que las personas heridas hacemos demasiado bien: seleccionar los momentos buenos y borrar los malos.
Pero luego abría aquella carpeta.
No necesitaba llegar muy lejos.