Doné sangre para salvar al hombre con quien llevaba 3 años, pero al salir escuché detrás de la puerta del hospital: “Después de la número 99 la dejamos y todo termina”. Me quedé inmóvil al descubrir que mi relación entera había sido una venganza por algo ocurrido años atrás. No entré a reclamar; hice una llamada y me fui, sin imaginar que alguien del mismo grupo estaba a punto de entregarme todas las pruebas.

Luego recordaron la acusación falsa de plagio que recibí durante mi último semestre universitario.

Yo había corrido durante horas buscando pruebas para limpiar mi nombre.

Por eso llegué tarde a mi propia ceremonia de graduación.

Yo siempre había pensado que eran coincidencias.

Problemas.

Mala suerte.

Mauricio decía que yo era demasiado sensible.

Entonces escuché una frase que me cambió la vida.

—Solo faltan tres —dijo Rodrigo—. Noventa y nueve venganzas y se acaba el trato.

—¿Y después?

—Mauricio termina con Daniela y vuelve con Renata.

Renata.

Sentí un golpe en el pecho.

Renata Salgado había sido la favorita para ganar el concurso universitario de danza cuatro años antes.

Venía de una familia conocida, tenía patrocinadores, profesores privados y todos estaban seguros de que ganaría.

Pero gané yo.

Daniela Hernández.

La hija de un contador de Iztapalapa y una maestra de primaria.

Recordé aquella noche.

Los aplausos.

Mi mamá llorando en primera fila.

Mi papá grabándolo todo con un celular viejo.

Nunca imaginé que detrás del escenario, Renata lloraba de rabia frente a Mauricio.

—Daniela le quitó el campeonato —comentó uno.

—Por eso Mauricio empezó a salir con ella —respondió otro—. Primero tenía que enamorarla. Después la iba a hacer pagar.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Tres años.

Tres años intentando ser suficiente.

Tres años aceptando silencios, desplantes y humillaciones porque pensaba que Mauricio tenía dificultad para demostrar cariño.

Entonces él habló.

—No hagan tanto drama. Daniela solita se mete en todo. Nadie la obliga.

No había culpa en su voz.

Solo indiferencia.

Me alejé de la puerta antes de que alguien pudiera verme.

Salí tambaleándome de la clínica, crucé la entrada y terminé sentada junto a una jardinera, llorando con la cabeza entre las manos.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era mi mamá.

—Daniela, tu papá ya arregló lo del departamento en Mérida. Nos vamos la próxima semana. Todavía puedes venir con nosotros.

Durante meses había dicho que no.

Por Mauricio.

Miré la marca morada de mi brazo.

Pensé en mi sangre terminando en la basura.

Pensé en noventa y seis humillaciones convertidas en chistes.

Y respondí:

—Mamá… guarda un lugar para mí.

Colgué.

Pero cuando levanté la cabeza, vi un mensaje nuevo de Mauricio.

“Ven mañana. Todavía nos faltan tres cosas por arreglar.”

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