Doné sangre para salvar al hombre con quien llevaba 3 años, pero al salir escuché detrás de la puerta del hospital: “Después de la número 99 la dejamos y todo termina”. Me quedé inmóvil al descubrir que mi relación entera había sido una venganza por algo ocurrido años atrás. No entré a reclamar; hice una llamada y me fui, sin imaginar que alguien del mismo grupo estaba a punto de entregarme todas las pruebas.

Todavía no sabía que esas tres “cosas” podían destruir algo mucho más grande que nuestra relación.

Y yo tampoco podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

Esa misma noche llegué a mi departamento en la colonia Del Valle, cerré la puerta con seguro y saqué una maleta.

Por primera vez en tres años no estaba pensando en cómo recuperar a Mauricio.

Estaba pensando en cómo desaparecer de su vida.

Metí ropa, documentos y algunas fotografías familiares.

Cuando encontré los zapatos con los que había ganado aquella competencia de danza, me quedé mirándolos.

Durante años había sentido culpa cada vez que los veía.

Ahora entendía por qué.

Mauricio había conseguido convertir uno de mis mejores recuerdos en el supuesto origen de todos mis castigos.

A las dos de la mañana tocaron la puerta.

—Daniela, abre.

Mauricio.

Mi corazón reaccionó antes que mi cabeza.

Me acerqué, pero no abrí.

—Vete.

—¿Qué te pasa?

Casi me reí.

—Te escuché en la clínica.

Silencio.

Después preguntó:

—¿Quién te dijo?

No preguntó si estaba bien.

No preguntó qué había escuchado.

Preguntó quién lo había delatado.

—Nadie. Los escuché a ustedes.

Mauricio tardó unos segundos en responder.

—Daniela, estás exagerando.

—¿Exagerando? Me hicieron donar sangre para un accidente que nunca ocurrió.

—Fue una broma.

—¿Una broma?

—Nadie te obligó a donar.

Esa frase apagó algo dentro de mí.

—Tienes razón. Nadie me obligó.

Respiré profundamente.

—Terminamos.

Mauricio soltó una risa seca.

—No seas ridícula.

—Terminamos.

—¿Por esto? ¿Después de todo lo que hice por ti?

—¿Qué hiciste por mí?

Su respuesta llegó sin titubear.

—Te di un lugar en mi vida.

Antes, escuchar eso habría hecho que me sintiera afortunada.

Esa noche entendí cuánto me había acostumbrado a recibir migajas.

—No me diste un lugar, Mauricio. Me convertiste en un castigo destinado a otra mujer.

Golpeó la puerta.

—No metas a Renata.

Claro.

Renata.

Siempre Renata.

Me quité el collar que Mauricio me había regalado en nuestro primer aniversario y lo dejé caer por la ranura inferior de la puerta.

—Vete.

—Te vas a arrepentir, Daniela.

—Tal vez. Pero no tanto como si me quedo.

A la mañana siguiente llegaron mis padres.

Mi papá vio el moretón del brazo.

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