Doné sangre para salvar al hombre con quien llevaba 3 años, pero al salir escuché detrás de la puerta del hospital: “Después de la número 99 la dejamos y todo termina”. Me quedé inmóvil al descubrir que mi relación entera había sido una venganza por algo ocurrido años atrás. No entré a reclamar; hice una llamada y me fui, sin imaginar que alguien del mismo grupo estaba a punto de entregarme todas las pruebas.

PARTE 1

—Si de verdad me amas, no vas a preguntar cuánto necesitan. Vas a donar y punto.

Eso fue lo último que me dijo Mauricio antes de que una enfermera me clavara la aguja en el brazo.

Cuarenta minutos después, salí del banco de sangre de una clínica privada de Santa Fe con las piernas flojas, un algodón pegado al brazo y la certeza absurda de que acababa de hacer algo importante por el hombre que amaba.

Mauricio había sufrido, según sus amigos, un accidente terrible mientras probaba un auto en una pista privada cerca de Toluca. Me habían llamado de madrugada diciendo que necesitaban una unidad de sangre compatible con urgencia.

No pregunté demasiado.

Mauricio era mi novio desde hacía tres años.

Y yo habría hecho cualquier cosa por él.

Mientras buscaba el elevador, vi pasar a una mujer con uniforme clínico empujando una pequeña hielera médica. Reconocí la etiqueta que habían colocado minutos antes.

Mi nombre estaba escrito ahí.

Daniela Hernández.

La seguí por instinto.

La mujer cruzó una puerta lateral y, para mi desconcierto, sacó la bolsa de sangre y la depositó en un contenedor de desechos biológicos.

Me quedé inmóvil.

Pensé que el mareo me estaba haciendo ver cosas.

Entonces escuché las risas.

Venían de una habitación VIP cuya puerta estaba entreabierta.

—No puedo creer que Daniela haya caído otra vez.

El corazón se me detuvo.

Me acerqué.

Mauricio estaba recostado tranquilamente sobre la cama, perfectamente peinado, sin oxígeno, sin heridas, sin siquiera una venda.

Tenía el celular en la mano.

A su alrededor estaban Rodrigo, Santiago y otros amigos suyos, los mismos que me habían llamado desesperados aquella madrugada.

—¿En cuál vamos? —preguntó Rodrigo entre carcajadas.

Santiago levantó los dedos, contando.

—Noventa y seis.

Todos se rieron.

Yo sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

—La del brazalete estuvo buenísima —recordó alguien—. Le dijimos que Mauricio había perdido el regalo de aniversario y Daniela pasó media noche buscándolo bajo la lluvia.

—Terminó con fiebre.

—Y aun así llegó al día siguiente preguntando si ya había aparecido.

Otra carcajada.

Sentí náuseas.

Después hablaron de cuando me hicieron creer que Mauricio estaba inconsciente después de una operación y pasé toda la madrugada rezando en una iglesia.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *