Doné sangre para salvar al hombre con quien llevaba 3 años, pero al salir escuché detrás de la puerta del hospital: “Después de la número 99 la dejamos y todo termina”. Me quedé inmóvil al descubrir que mi relación entera había sido una venganza por algo ocurrido años atrás. No entré a reclamar; hice una llamada y me fui, sin imaginar que alguien del mismo grupo estaba a punto de entregarme todas las pruebas.

Venganza 96.

Y recordaba.

Conseguí trabajo por las tardes en una cafetería del centro y empecé un diplomado relacionado con administración cultural.

Un sábado pasé frente a un pequeño estudio de danza.

Había música.

Me quedé mirando desde afuera.

Una profesora abrió la puerta.

—¿Buscas a alguien?

—No.

Miré a los alumnos.

—Yo bailaba antes.

—¿Y qué pasó?

La pregunta parecía sencilla.

La respuesta no.

—Dejé de hacerlo.

Ella sonrió.

—Eso tiene solución.

Entré.

La primera clase fue horrible.

Estaba rígida.

Me equivocaba.

Pensaba demasiado.

Cada espejo me devolvía recuerdos de aquella competencia universitaria.

Pero regresé la siguiente semana.

Y la siguiente.

Con el tiempo dejé de escuchar la voz de Mauricio cada vez que hacía algo bien.

Volví a disfrutar mi propio cuerpo.

Mi propia música.

Mis propias decisiones.

Seis meses después participé en una pequeña presentación en un teatro independiente.

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