Mis padres estaban en primera fila.
Mi papá grabó casi toda la coreografía apuntando el celular demasiado bajo.
Mi mamá terminó llorando.
Yo terminé riéndome.
Una compañera subió un fragmento a redes sociales.
El video comenzó a circular.
No se volvió famoso.
No hubo millones de vistas.
Pero llegó a la persona correcta.
Una compañía independiente de Monterrey estaba preparando un programa para bailarines adultos que habían abandonado la disciplina durante años.
Me invitaron a audicionar.
Cuando leí el correo, mi primera reacción fue pensar:
No soy suficientemente buena.
Y justo después reconocí esa voz.
No era mía.
Era la voz que Mauricio había instalado dentro de mí.
Contesté que sí.
Meses después estaba viajando a Monterrey para ensayar durante el verano.
Mientras tanto, en Ciudad de México, el mundo perfecto de Mauricio empezaba a romperse.
No porque yo hiciera nada.