Doné sangre para salvar al hombre con quien llevaba 3 años, pero al salir escuché detrás de la puerta del hospital: “Después de la número 99 la dejamos y todo termina”. Me quedé inmóvil al descubrir que mi relación entera había sido una venganza por algo ocurrido años atrás. No entré a reclamar; hice una llamada y me fui, sin imaginar que alguien del mismo grupo estaba a punto de entregarme todas las pruebas.

Mis padres estaban en primera fila.

Mi papá grabó casi toda la coreografía apuntando el celular demasiado bajo.

Mi mamá terminó llorando.

Yo terminé riéndome.

Una compañera subió un fragmento a redes sociales.

El video comenzó a circular.

No se volvió famoso.

No hubo millones de vistas.

Pero llegó a la persona correcta.

Una compañía independiente de Monterrey estaba preparando un programa para bailarines adultos que habían abandonado la disciplina durante años.

Me invitaron a audicionar.

Cuando leí el correo, mi primera reacción fue pensar:

No soy suficientemente buena.

Y justo después reconocí esa voz.

No era mía.

Era la voz que Mauricio había instalado dentro de mí.

Contesté que sí.

Meses después estaba viajando a Monterrey para ensayar durante el verano.

Mientras tanto, en Ciudad de México, el mundo perfecto de Mauricio empezaba a romperse.

No porque yo hiciera nada.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *