Una profesora que conocía parte de mi historia me preguntó si quería hablar sobre cómo había retomado la danza.
Acepté.
No porque quisiera enfrentar a Mauricio.
Acepté porque ya no quería evitar una ciudad entera por culpa de un hombre.
Cuando regresé a Ciudad de México, mis manos temblaron al pasar cerca de lugares conocidos.
La avenida.
La cafetería donde Mauricio y yo tuvimos nuestra primera cita.
La clínica de Santa Fe.
Pensé que dolería más.
Pero los recuerdos parecían pertenecerle a otra Daniela.
Durante mi conferencia no dije nombres.
No necesitaba hacerlo.
Hablé de sacrificio.
De límites.
De esa peligrosa costumbre de creer que amar mucho significa soportarlo todo.
—El amor no debería pedirte que desaparezcas para demostrar que existe —dije frente al auditorio—. Y una persona que necesita hacerte sentir pequeña para sentirse poderosa no está cuidando tu corazón. Está administrando tu miedo.