—Mi graduación también se destruyó.
No respondió.
—Mi confianza se destruyó. Mi relación con la danza casi se destruyó. Durante años pensé que cada problema era culpa mía porque tú me entrenaste para sentirme culpable de todo.
—Lo siento.
Finalmente lo dijo.
Dos palabras que años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar.
Ahora llegaron tarde.
—¿Por cuál de las noventa y seis?
Mauricio cerró los ojos.
—Por todas.
Lo observé.
No lloró.
No se arrodilló.
No hizo ninguna escena.
Y me alegré.
Yo tampoco quería una escena.
—Daniela, no espero que volvamos.
—Qué considerado.
Me miró con tristeza.
—Solo necesitaba decirte que entendí que estaba equivocado.
—Ojalá sea verdad.
—¿Puedes perdonarme algún día?
Pensé en aquella joven sentada afuera de una clínica, mareada, llorando porque acababa de descubrir que su amor había sido diseñado como un castigo.