Pensé en mi mamá sosteniéndome el cabello en el piso del baño.
En mi papá cargando mis cajas.
En Mérida.
En el estudio de danza.
En mis nuevos zapatos.
—No sé si perdonarte es importante —respondí—. Lo importante es que ya no necesito odiarte para mantenerme lejos.
Mauricio me miró sin entender completamente.
—¿Eso significa que ya no te duele?
—Significa que tú ya no decides qué hago con mi dolor.
Tomé mi bolso.
Cuando estaba a punto de salir, volvió a llamarme.
—Daniela.
Me detuve.
—¿Fuiste feliz después de irte?
Miré hacia el pasillo.
Pensé en todo lo que había pasado.
—Estoy aprendiendo a serlo sin pedir permiso.
Y me fui.
Esa noche caminé hasta el viejo teatro donde había ganado aquella competencia.
Estaba cerrado.
Desde afuera apenas se distinguía el escenario.
Durante años pensé que allí había comenzado mi desgracia.