Mauricio cerró los ojos.
—Ahora sé cómo suena.
—Siempre sonó así. Solo que estabas rodeado de gente que se reía contigo.
Eso le dolió.
—Renata me contó que habló contigo.
—Sí.
—Ella también tuvo responsabilidad.
—No cambies el tema.
Mauricio apretó la mandíbula.
Durante tres años esa expresión me habría hecho retroceder.
Ya no.
—Ella dijo una estupidez cuando perdió —continué—. Tú diseñaste noventa y seis formas de castigarme.
—Santiago organizó muchas.
—Tú eras mi novio.
Se quedó callado.
—Tú sabías exactamente cuánto confiaba en ti.
—Lo sé.
—No, Mauricio. Saberlo ahora no es lo mismo que haberlo entendido entonces.
Miró al suelo.
—Perdí amigos por esto.
No sentí satisfacción.
Solo cansancio.
—Eso no es una disculpa. Es una consecuencia.
Levantó la vista.
—Mi familia se enteró. Mi papá dejó de financiar algunos proyectos míos. Santiago no me habla. Renata se fue a España por trabajo. Todo se destruyó.