Tres años aceptando silencios, desplantes y humillaciones porque pensaba que Mauricio tenía dificultad para demostrar cariño.
Entonces él habló.
—No hagan tanto drama. Daniela solita se mete en todo. Nadie la obliga.
No había culpa en su voz.
Solo indiferencia.
Me alejé de la puerta antes de que alguien pudiera verme.
Salí tambaleándome de la clínica, crucé la entrada y terminé sentada junto a una jardinera, llorando con la cabeza entre las manos.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Era mi mamá.
—Daniela, tu papá ya arregló lo del departamento en Mérida. Nos vamos la próxima semana. Todavía puedes venir con nosotros.
Durante meses había dicho que no.
Por Mauricio.
Miré la marca morada de mi brazo.
Pensé en mi sangre terminando en la basura.
Pensé en noventa y seis humillaciones convertidas en chistes.
Y respondí:
—Mamá… guarda un lugar para mí.