—Álvaro te quiere.
—Puede quererme y aun así no estar preparado para ser mi marido.
Carmen empezó a llorar.
Lucía también sintió los ojos húmedos.
No disfrutaba haciéndole daño.
Aquello era lo más difícil de explicar a quienes convertían los conflictos en historias con villanos perfectos.
Carmen no era un monstruo.
Había perdido su piso después de una complicada separación y tenía miedo de quedarse sola. Álvaro llevaba años sintiéndose responsable de ella porque, cuando su padre abandonó la familia, Carmen había trabajado jornadas interminables para sacar adelante a sus hijos.
Lucía conocía aquella historia.
La respetaba.
Incluso había ayudado económicamente a Carmen en otras ocasiones.
Pero comprender el miedo de alguien no obligaba a permitir que ese miedo dirigiera la vida de los demás.
—Espero que algún día entiendas que esto no es contra ti —dijo Lucía.