Dos días antes de mi boda, volví al salón y encontré a mi suegra rodeada de 15 cajas, mientras mi prometido la ayudaba a instalarse en nuestra casa. Él había decidido todo a mis espaldas: «Cuando estemos casados lo entenderás mejor». No discutí; cancelé la boda y me fui antes del amanecer. Entonces vi la pequeña llave con etiqueta roja.

—No sé cómo puedes decir eso.

—Porque si Álvaro me hubiera llamado hace 3 semanas y me hubiera dicho que necesitabas ayuda, habría buscado una solución contigo.

Carmen dejó de llorar.

—Quizá incluso habría aceptado que te quedaras un tiempo.

El silencio se volvió más pesado.

—Pero nunca lo sabremos —continuó Lucía— porque vosotros decidisteis que mi respuesta no importaba.

Colgó.

La boda no se celebró.

La finca donó una parte de la comida preparada a una asociación de Pozuelo y repartió otra entre el personal. Algunos proveedores devolvieron una parte del dinero. Otros aplicaron las penalizaciones del contrato.

Lucía perdió más dinero del que quería calcular.

También tuvo que devolver regalos durante semanas.

Cada paquete era una pequeña versión de la boda que nunca ocurrió.

Una cafetera.

Un juego de copas.

Unas sábanas.

Una tarjeta que decía: «Para vuestra nueva vida juntos».

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