Dos días antes de mi boda, volví al salón y encontré a mi suegra rodeada de 15 cajas, mientras mi prometido la ayudaba a instalarse en nuestra casa. Él había decidido todo a mis espaldas: «Cuando estemos casados lo entenderás mejor». No discutí; cancelé la boda y me fui antes del amanecer. Entonces vi la pequeña llave con etiqueta roja.

Al principio evitaba mirar las dedicatorias.

Después aprendió a hacerlo sin llorar.

Álvaro permaneció en el piso.

Carmen también.

Durante los primeros días él escribió constantemente.

«Lo siento.»

«Déjame arreglarlo.»

«Ahora comprendo lo que hice.»

«No quiero perderte.»

Lucía respondió una sola vez:

«Lo que necesito no es que entiendas que me he ido. Necesitaba que entendieras mi voz cuando todavía estaba allí.»

Álvaro no insistió durante varios días.

Paula fue quien, involuntariamente, permitió a Lucía conocer lo que ocurrió después.

La convivencia que Álvaro había imaginado como algo sencillo empezó a deteriorarse casi de inmediato.

Carmen reorganizó la cocina.

Cambió los productos de sitio.

Preguntaba a qué hora regresaría Álvaro.

Le molestaba que saliera a cenar.

Quería saber cuánto gastaba.

Se quejaba cuando Paula visitaba la casa sin avisar.

Un domingo discutieron porque Carmen decidió sustituir unas cortinas que Lucía había elegido años atrás.

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