Dos días antes de mi boda, volví al salón y encontré a mi suegra rodeada de 15 cajas, mientras mi prometido la ayudaba a instalarse en nuestra casa. Él había decidido todo a mis espaldas: «Cuando estemos casados lo entenderás mejor». No discutí; cancelé la boda y me fui antes del amanecer. Entonces vi la pequeña llave con etiqueta roja.

Y, sin embargo, la primera noche que durmió allí sintió algo que no había sentido durante meses.

Silencio.

No era felicidad.

Todavía no.

Era paz.

Durante semanas despertó esperando escuchar la voz de Álvaro en la habitación contigua.

A veces echaba de menos su manera de preparar café.

Las bromas malas.

Los domingos viendo series.

Los viajes improvisados.

Porque terminar una relación no borraba automáticamente 7 años de cariño.

Eso hacía que todo resultara más doloroso.

Lucía no había descubierto que nunca hubiera amado a Álvaro.

Había descubierto algo peor.

El amor no siempre compensaba una relación donde una de las personas podía decidir por las 2.

3 meses después se encontraron para recoger una última caja que había quedado en un trastero.

Álvaro llegó primero.

Parecía más delgado.

No intentó abrazarla.

—No voy a pedirte que vuelvas —dijo.

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