Lucía asintió.
Entraron.
Dentro de la caja había varios libros, una lámpara y un marco sin fotografía.
Álvaro lo sostuvo durante unos segundos.
—Creía que casarse significaba soportar juntos las cosas difíciles.
Lucía lo miró.
—Juntos.
Álvaro bajó la vista.
—Sí.
—Ese era el problema. Tú decidías qué tenía que ocurrir y después me pedías que lo soportara contigo.
Él no respondió.
Esta vez no hubo excusas.
—Lo entendí demasiado tarde —admitió.
Lucía colocó la lámpara dentro de la caja.
—Probablemente.
—¿Me odias?
Ella negó.
—No.
Aquello pareció dolerle incluso más.
—Solo ya no quiero la vida que estaba a punto de aceptar.
Se despidieron sin besos, sin abrazos y sin ninguna escena dramática.
Meses después, Lucía recibió por correo una invitación de boda de una compañera de trabajo.
Durante unos segundos se quedó mirando el sobre.